
Hay personas que son eminentemente prácticas y otras que tienen una capacidad teórica asombrante. De estas últimas hay una en mi ciudad a la que admiro por encima de otras, especialmente, claro, en temas culturales. Ferran Farré, escultor (he encontrado su
página web, aunque se declare poco amigo de las TIC), animador sociocultural y director de dos Centros Culturales de la ciudad, parece esa persona anónima que forma parte del tejido cultural de la ciudad pero que permanece en su parcela sin levantar mucho la voz, es sólo una apariencia.
Está claro que nadie es profeta en su tierra. Ferran es colaborador de la Diputació de Barcelona, pero además fue ponente de la redacción del Pla Estratègic de Cultura de Barcelona, y en otro tiempo promotor de la Asociación Profesional de Animadores Socioculturales (APASC). Y sin embargo en su ciudad no está en las mejores condiciones, pese a sus esfuerzos por incorporar nuevas tendencias culturales, aquí no se le tiene en cuenta todo lo que se debería.
Todo esto viene a que últimamente he tenido algunas oportunidades de poder hablar con él y de asistir a un encuentro con otros Técnicos de Acción Sociocultural (TASC) -mi actual ocupación- para poder compartir puntos de vista y experiencias, y la verdad es que después de escucharle aún me quedé con más ganas seguir escuchando.
El tema que nos ocupaba era sobre como unir la participación al concepto de cultura de proximidad. Aparentemente no se plantea como un tema complicado, porque dentro de cultura y dentro de proximidad incluimos inevitablemente conceptos como asociacionismo, participación, voluntariado, desarrollo cultural comunitario, educación, ciudadanía, mundo local… Pero el quid de la cuestión está en romper la idea un tanto enquistada de que las entidades son lo bastante representativas de la ciudadanía como para hacer políticas de proximidad a través de ellas.
Las asociaciones actualmente ya no representan a un conjunto de la ciudadanía suficientemente amplio como para que sea representativo de esa sociedad, el mejor ejemplo está en las asociaciones de vecinos, son la mayor fuente de conflictos con su propio barrio y es evidente que no siempre defienden los mismos intereses, a pesar de ser la cara de ese barrio delante de la administración u otras entidades.
La perversión de todo esto está en que aún a nivel político se “utiliza” la opinión de las asociaciones para acreditar cualquier acción de gobierno, la administración se aprovecha de la idea original del asociacionismo para respaldar sus acciones con la complacencia de la población, que en realidad no es tal, pero que como imagen es muy válida.
Pero no sólo los políticos lo hacen, otros agentes sociales y culturales también caemos en el mismo error. Las entidades son las primeras a las que acudimos a la hora de organizar o de movilizar porque es lo más sencillo. Las asociaciones son plataformas organizadas a las que es fácil acceder, aglutinan un número de gente, movilizan, actúan autónomamente y en ocasiones también coordinadas,… Al contrario que el “ciudadano base”, al que es complicado llegar, las entidades muchas veces “nos salvan el culo”. El ejemplo más claro serían los Consejos de la Juventud, al menos los municipales, donde participan jóvenes asociados (sobre todo a las juventudes de los partidos políticos) que no representan necesariamente al resto de la juventud y es prácticamente imposible encontrar a un joven no asociado.
Y sin embargo, sabiendo esto, los modelos no han cambiado tanto. Hay que plantearse otras cosas porque no podemos seguir entendiendo como participación al hecho de llamar a las entidades para que vengan a un acto. No. Sería igual que decir que los jóvenes consumen teatro cuando van a ver una obra con el instituto. Que vayan con el IES no garantiza ni que les guste ni que repitan.
Hasta aquí la introducción a estas reflexiones que Ferran nos destapó y nos ayudó a configurar sobre la realidad asociativa. Próximamente iremos aportando soluciones y posibles caminos a seguir ante la nueva realidad social y cultural en la que ya estamos inmersos y a la que hay que dar respuestas.